Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Éste no paraba de hablar y de contar cosas, deseoso, al parecer, de alegrarla y de arrancar una sonrisa de sus labios, los cuales exhibían, involuntariamente, un gesto serio; era evidente, sin embargo, que evitaba hablar de Katia y de su padre. Sin duda, su intento de reconciliación del día anterior había fracasado.

—¿Sabes una cosa? Está deseando marcharse —me susurró Natasha apresuradamente, una vez que Aliosha salió un momento a decirle algo a Mavra—, pero no se atreve. Yo tampoco me atrevo a sugerirle que se vaya, porque en ese caso podría quedarse a la fuerza, y si hay algo que me da miedo es que se aburra y que, por esa razón, el amor que aún siente por mí acabe por enfriarse del todo. ¿Qué puedo hacer?

—¡Dios mío, cómo os complicáis la vida! ¡Qué suspicaces sois, cómo os vigiláis el uno al otro! Basta con que os deis las explicaciones pertinentes y asunto concluido. De lo contrario, es probable que esta situación acabe, en efecto, por aburrirle.

—Pero ¿qué hago? —exclamó asustada.

—Deja, ya me encargo yo… —Y fui a la cocina con el pretexto de pedirle a Mavra que limpiara uno de mis chanclos, que se había manchado de barro.

—¡Ten cuidado, Vania! —gritó Natasha a mis espaldas.

En cuanto entré a ver a Mavra, Aliosha vino hacia mí como si me estuviera esperando:


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