Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Iván Petróvich, querido amigo, ¿qué cree usted que debo hacer? Aconséjeme: ayer di mi palabra de que hoy iría, precisamente a esta hora, a casa de Katia. ¡No puedo faltar! Amo a Natasha con locura, estoy dispuesto a dar la vida por ella, pero comprenderá usted que abandonar todo aquello definitivamente es imposible…

—Muy bien, pues vaya usted…

—¿Y qué va a pasar con Natasha? Voy a darle un disgusto, Iván Petróvich; tiene usted que ayudarme de algún modo…

—A mi juicio, lo mejor es que se marche usted. Usted sabe de sobra cómo le quiere Natasha; si se queda, le dará la impresión de que se aburre usted con ella y de que está aquí contra su voluntad. Es preferible actuar con toda libertad. Vamos, yo le ayudaré.

—¡Mi querido Iván Petróvich! ¡Qué bueno es usted!

Entramos; unos instantes después le dije:

—Acabo de ver a su padre.

—¿Dónde? —gritó sobresaltado.

—En la calle, por casualidad. Se detuvo un momento a hablar conmigo y volvió a decirme que le gustaría conocerme mejor. Me preguntó si sabía dónde estaba usted en estos momentos. Por cierto, quería verle para decirle alguna cosa.

—¡Ay, Aliosha, anda, vete a verle! —intervino Natasha, que había comprendido mi maniobra.


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