Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Pero… ¿dónde podría encontrarle ahora? ¿Estará en casa?

—No, recuerdo que me dijo que iba a ver a la condesa.

—Bueno, entonces… —dijo Aliosha ingenuamente, mirando con pesar a Natasha.

—¡Ay, Aliosha! Entonces, ¿qué? —dijo—. ¿No querrás renunciar a esa amistad sólo por tenerme tranquila? Eso sería infantil. En primer lugar, no cabe esa posibilidad; y, en segundo lugar, quedarías como un ingrato con Katia. Sois amigos; no se pueden romper unas relaciones tan bruscamente. Además, me ofendes si me crees tan celosa. ¡Vete, vete en seguida, te lo ruego! Así también se quedará más tranquilo tu padre.

—Natasha, eres un ángel, ¡no te llego a la suela del zapato! —exclamó Aliosha, tan entusiasmado como arrepentido—. Eres tan buena, y yo, en cambio… yo… ¡Bueno, prefiero que sepas la verdad! Hace un momento, en la cocina, le he pedido a Iván Petróvich que me ayudara a marcharme de aquí. Y él se ha inventado esta historia. Pero ¡no me juzgues mal, Natasha, ángel mío! Yo no soy culpable, porque te amo mil veces más que a nada en el mundo, y por eso se me ha ocurrido una nueva idea: contárselo todo a Katia y explicarle sin demora cuál es la situación actual y todo lo que pasó ayer. Ya pensará ella algo que pueda salvarnos, está entregada a nosotros de todo corazón…


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