Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Está bien, vete —respondió Natasha, sonriendo—. Sólo una cosa más, amor mÃo: me encantarÃa conocer en persona a Katia. ¿Cómo podrÃamos arreglar eso?
El éxtasis de Aliosha no tenÃa lÃmites. En seguida se puso a cavilar cómo podrÃan conocerse. Según él, era muy fácil: Katia ya pensarÃa cómo. Aliosha seguÃa dándole vueltas a la idea con entusiasmo, con pasión. Prometió traer la respuesta ese mismo dÃa, al cabo de dos horas, y pasar la velada con Natasha.
—¿Seguro que vas a venir? —preguntó Natasha, al despedirle.
—¿Acaso lo dudas? ¡Adiós, Natasha, adiós, amada mÃa… mi eterno amor! ¡Adiós, Vania! Ay, Dios mÃo, sin querer le he llamado a usted Vania. Oiga, Iván Petróvich, le tengo a usted mucho aprecio: ¿por qué no nos tratamos de tú? Vamos a tutearnos.
—De acuerdo, tuteémonos.
—¡Gracias a Dios! Se me ha pasado cientos de veces la cabeza, pero nunca me he atrevido a proponérselo. FÃjese, ya vuelvo a tratarle de usted. Cuesta mucho acostumbrarse al tuteo. Creo que Tolstói, en alguna parte[48], lo expresa muy bien: dos personas acuerdan tutearse, pero son incapaces de hacerlo, asà que evitan continuamente las frases en que haya pronombres. ¡Ay, Natasha! Tenemos que volver a leer alguna vez Infancia y adolescencia, es una obra tan hermosa…