Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Anda, márchate ya —dijo Natasha, riéndose—. La alegría le ha soltado la lengua…

—¡Adiós! ¡Hasta dentro de dos horas!

Le besó la mano y salió a toda prisa.

—¿Lo ves, Vania, lo ves? —dijo Natasha, y se deshizo en lágrimas.

Me quedé con ella cerca de dos horas, la estuve consolando y logré convencerla. Naturalmente, ella tenía razón en todo y todos sus recelos estaban justificados. Se me encogía el corazón pensando en su situación; temía por ella, pero ¿qué podía hacer?

Aliosha también me resultaba extraño: la quería tanto como antes, puede que incluso con más fuerza y pasión, por arrepentimiento y gratitud. Pero, al mismo tiempo, el nuevo amor estaba calando profundamente en su corazón. Era imposible prever cómo acabaría todo. Yo mismo sentía una gran curiosidad por ver a Katia. Volví a prometerle a Natasha que haría todo lo posible por conocerla.


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