Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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VI

Les leí mi novela de una sentada. Comenzamos inmediatamente después del té y estuvimos sentados hasta las dos de la madrugada. Al principio el viejo fruncía el ceño. Esperaba algo ininteligiblemente sublime, tanto que, probablemente, no fuera capaz de comprenderlo, pero, desde luego, elevado; y en lugar de eso lo que se encontró resultaba tan cotidiano, tan familiar: exactamente las mismas cosas que suceden de manera habitual a nuestro alrededor. Si por lo menos el protagonista hubiese sido un gran hombre, un tipo interesante o algún personaje histórico, como Róslavlev o Yuri Miloslavski[20], y no un pequeño funcionario, apocado y algo bobo incluso, al que se le caían los botones del uniforme[21]; y para colmo estaba escrito con un estilo tan simple como el que empleamos nosotros mismos al hablar… ¡Qué extraño! La anciana miraba perpleja a Nikolái Sergueich y hasta se enfurruñó un poco, como si se hubiera ofendido por algo. «¿De veras merece la pena publicar semejantes bobadas, escucharlas y que encima den dinero por ellas?», podía leerse en su rostro. Natasha era toda oídos; escuchaba con avidez, no me quitaba los ojos de encima, miraba atentamente mis labios y, conforme pronunciaba yo cada palabra, movía ella sus hermosos labios. Bueno, pues, antes de que hubiese llegado yo a la mitad de la novela, a todos mis oyentes se les saltaron las lágrimas. Anna Andréievna lloraba con sinceridad, compadeciendo de todo corazón a mi héroe y deseando ingenuamente ayudarle de algún modo en sus desgracias, como me daban a entender sus exclamaciones. El viejo ya había descartado todo sueño sublime: «En seguida se da uno cuenta de que es una cosa modesta, algo regular, una simple historieta y, sin embargo —dijo—, llega al corazón, resulta claro y le recuerda a uno lo que sucede a su alrededor; nos hace comprender que hasta el más apocado, el último de los hombres, es también una persona y merece que se le trate como a un hermano». Natasha escuchaba, lloraba y, por debajo de la mesa, a escondidas, apretaba con fuerza mi mano. La lectura concluyó. La muchacha se levantó; le ardían las mejillas, había lágrimas en sus ojos; de pronto, me cogió la mano, la besó y salió corriendo de la sala. El padre y la madre cambiaron una mirada.


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