Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Hum! ¡Qué chica tan exaltada! —exclamó el viejo, sorprendido por el proceder de su hija—. No tiene importancia. ¡Eso es bueno, es un noble impulso! Es buena muchacha… —farfulló, mirando de reojo a su mujer, tratando de disculpar a Natasha y al mismo tiempo, sin saber por qué, también a mÃ.
Pero Anna Andréievna, a pesar del grado de emoción y turbación que ella misma habÃa experimentado durante la lectura, se quedó mirando, como si fuera a decir: «Nadie duda de que Alejandro de Macedonia fuera un gran héroe, pero ¿por qué tenÃa que cargarse esa silla?»[22].
Natasha no tardó en regresar, feliz y contenta, y, al pasar junto a mÃ, me pellizcó a hurtadillas. El viejo se puso de nuevo a juzgar mi novela «con seriedad», pero la alegrÃa no le permitió mantener su firmeza y se entusiasmó: