Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¡Muy bien, hermano Vania, muy bien! ¡Me has reconfortado! Más de lo que cabía esperar. No es nada elevado, sublime, eso está claro… Ahí tengo La liberación de Moscú[23], escrito asimismo en Moscú… Bueno, pues desde el primer renglón, hermano, uno siente, por así decirlo, que se eleva cual águila… Pero ¿sabes, Vania? Lo tuyo es algo más sencillo, más comprensible. Precisamente por eso me gusta, ¡porque resulta más accesible! Es más próximo; como si me hubiera sucedido a mí mismo todo eso. Después de todo, ¿de qué sirve lo elevado? Yo mismo no lo habría entendido. En cuanto al estilo, lo habría corregido: ya ves que te estoy elogiando, pero, digas lo que digas, le falta altura… Aunque ahora ya es tarde, puesto que está impreso. ¿Quizá en la segunda edición? Porque supongo, hermano, que habrá segunda edición, ¿no? Entonces habrá más dinero… ¡Hum!

—¿Cómo es posible que haya recibido usted tanto dinero, Iván Petróvich? —comentó Anna Andréievna—. Le miro, y no acabo de creérmelo. ¡Ay, Señor, por qué cosas dan ahora dinero!





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