Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—¿Sabes, Vania? —prosiguió el viejo, cada vez más entusiasmado—. Esto no es un empleo, pero al fin y al cabo es una carrera. Lo leerán también altas personalidades. ¿No decías que a Gógol le han asignado una pensión anual y le han mandado al extranjero? ¿Y si hicieran lo mismo contigo? ¿Eh? ¿O aún es pronto? ¿Tienes que escribir todavía más? ¡Pues escribe, hermano, date prisa! No te duermas en los laureles. ¡No te quedes embelesado!

Y decía esto tan convencido, con tanta bondad, que no tuve valor para interrumpirle y enfriar su fantasía.

—O tal vez te regalen una tabaquera… ¿Por qué no? Pues para los obsequios no existen reglas. Querrán estimularte. Y, ¿quién sabe?, a lo mejor te reciben en la corte —añadió a media voz, con aires de importancia, guiñando el ojo izquierdo—. ¿O no? ¿O aún es pronto para lo de la corte?

—¿En la corte? —dijo Anna Andréievna como ofendida.

—Un poco más, y me hace usted general —contesté, muerto de risa.

El viejo también se echó a reír. Estaba extraordinariamente contento.

—Vuecencia, ¿no desea comer algo? —gritó vivamente Natasha, que entre tanto nos había servido la cena.


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