Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Y la muchacha, riendo a carcajadas, corrió hacia su padre y le abrazó fuerte con sus cálidos brazos:
—¡Qué bueno eres, papá, qué bueno eres!
El viejo se sentÃa emocionado.
—¡Bueno, bueno, ya está bien, ya está bien! Se lo digo sin mala intención. General o no, vamos a cenar. ¡Ay, qué muchacha más sentimental eres! —añadió, acariciando la mejilla colorada de Natasha, como le gustaba hacer siempre que se presentaba ocasión—. Date cuenta, Vania, de que te lo he dicho porque te quiero. Bueno, aunque no seas general (¡ni falta que hace!), de todos modos eres un personaje famoso. ¡Un autor!
—Ahora se dice escritor, papá.
—¿Y autor no? No lo sabÃa. Bueno, pues digamos escritor; pero lo que yo querÃa exponer es esto: claro está que no te van nombrar chambelán por haber escrito una novela, ni que decir tiene. Puedes, no obstante, abrirte camino; hacerte, por ejemplo, agregado diplomático. Pueden mandarte al extranjero, a Italia, para restablecer tu salud o para ampliar estudios o lo que sea… Te ayudarán con dinero. Desde luego, es necesario que por tu parte actúes con nobleza; que sea realmente por tu trabajo por lo que recibas dinero y honores, y no de cualquier manera, por favoritismo…
—Y no presumas demasiado entonces, Iván Petróvich —añadió entre risas Anna Andréievna.