Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Mejor que le den una condecoración, papá, porque, al fin y al cabo, ¿qué es un agregado?

Y la muchacha volvió a pellizcarme en el brazo.

—¡Ésta no deja de burlarse de mí! —gritó el viejo, mirando extasiado a Natasha, a quien se le habían encendido las mejillas y los ojos le resplandecían alegres como luceros—. Creo que en efecto he ido demasiado lejos, hijos míos, me he excedido; siempre he sido así… Pero ¿sabes, Vania?, te miro y te veo tan normal…

—¡Ay, Dios mío! ¿Y cómo iba a ser si no, papá?

—No, no pretendía decir eso. Sólo que tu semblante, Vania… no es en absoluto de poeta… Ya sabes: los poetas, según dicen, suelen ser pálidos y con cabello largo, y tienen algo en los ojos… Como Goethe o alguien así… eso he leído en Abadón[24]… ¿Qué pasa? ¿He vuelto a decir alguna tontería? ¡Qué traviesa, cómo se ríe de mí! Yo no soy ningún sabio, amigos míos, pero puedo entenderlo. Bueno, el aspecto no tiene tanta importancia; a mí el tuyo me parece bien y me gusta mucho… No me refería a eso… Tan sólo sé honrado, Vania, sé honrado, eso es lo fundamental. ¡Vive con honradez y no seas engreído! Tienes ante ti un ancho camino. Cumple honradamente con tu trabajo; ¡eso es lo que trataba de decir, eso precisamente!


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