Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos ¡Qué época tan maravillosa! Pasaba en casa de los Ijménev todas las horas libres, todas las veladas. Al viejo le llevaba noticias sobre el mundillo literario y sobre los literatos, por quienes, de repente, sin saber por qué, empezó a mostrar un extraordinario interés; hasta empezó a leer las críticas de B., del que tanto le había hablado y al que apenas comprendía, pero le elogiaba vehementemente y lamentaba con amargura lo que sus enemigos escribían en El zángano del Norte[25]. La vieja nos vigilaba atentamente a Natasha y a mí; pero no llegó a sorprendernos. Nosotros ya nos habíamos prometido: por fin, había oído cómo Natasha, inclinando la cabeza y entreabriendo los labios, apenas en un susurro, me decía: «Sí». Pero también se enteraron los viejos; lo habían adivinado, lo habían supuesto. Anna Andréievna estuvo cabeceando largo rato. Aquello le resultaba extraño, le daba miedo. No tenía fe en mí.
—Sí, ahora ha tenido un gran éxito, Iván Petróvich —decía—; pero, si se le acaba el éxito o pasa cualquier otra cosa, ¿entonces, qué? ¡Si al menos trabajara usted en algún sitio!