Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Oye bien lo que te digo, Vania —resolvió el viejo tras mucho reflexionar—. Yo mismo lo he visto, me he dado cuenta de ello, y, debo confesarte, incluso me ha alegrado, que tú y Natasha… ¡Bueno, no hay nada de malo en ello! Mira, Vania: los dos sois aún muy jóvenes y mi Anna Andréievna tiene razón. Vamos a esperar un poco. Admitamos que tienes talento, incluso un talento formidable… pero no eres un genio, como dijeron de ti al principio, sino que simplemente tienes talento (mira, hoy mismo he leído la crítica que te han dedicado en El zángano; qué mal te tratan, pero ¡qué clase de periódico es ése!). Sí, ya lo ves: aunque tengas talento, eso no significa que tengas dinero en el monte de piedad, y los dos sois pobres. Vamos a esperar un año y medio, o por lo menos un añito: si te va bien, si te has consolidado, Natasha es tuya; si fracasas, ¡juzga tú mismo…! Eres un hombre honrado: ¡piénsatelo bien!

Y en eso quedamos. Y esto es lo que ocurrió al cabo de un año.






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