Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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¡Sí, prácticamente había transcurrido un año! Un espléndido día de septiembre, antes de que cayera la tarde, llegué enfermo y con el alma en vilo a casa de los ancianos, y me derrumbé en una silla, medio desfallecido, por lo que hasta se asustaron al verme. Pero, si me daba vueltas la cabeza y estaba tan angustiado que me había aproximado diez veces a su puerta y había retrocedido otras tantas antes de entrar, no se debía a que hubiera fracasado en mi carrera y no hubiera logrado fama y dinero, ni tampoco a que aún no fuera «agregado» y estuviera lejos de que me enviaran a Italia para restablecerme, sino, simplemente, a que se pueden vivir diez años en uno solo, y en ese año mi Natasha había vivido diez. Se había abierto un abismo entre nosotros… Recuerdo que estaba sentado frente al viejo, en silencio, estrujando distraídamente con la mano el ala ya destrozada de mi sombrero; estaba esperando, sin saber por qué, a que Natasha saliera. Llevaba un traje lamentable que me sentaba mal; tenía el rostro consumido, demacrado y amarillento, pero, a pesar de todo, no parecía ni remotamente un poeta, y mis ojos no traslucían nada de aquella grandeza de la que tanto habló en cierta ocasión el bueno de Nikolái Sergueich. La vieja me miraba con franca y un tanto precipitada compasión, como diciendo para sus adentros: «Y pensar que semejante hombre ha estado a punto de convertirse en el prometido de Natasha. ¡Válgame Dios! ¡Que el Señor nos guarde!».


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