Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Estaba tan perplejo que me quedé parado en medio de la habitación, mirando boquiabierto, ya a Maslobóiev, ya a Aleksandra Semiónovna, cuya satisfacción rayaba en el éxtasis.
—¿Qué significa todo esto, Maslobóiev? ¿Es que celebras hoy una fiesta de gala? —exclamé al fin, intranquilo.
—No, sólo te esperamos a ti —respondió solemnemente.
—¿Y todo esto? —dije, señalando los aperitivos—. Ahí hay para dar de comer a todo un regimiento.
—Y de beber también; olvidas lo fundamental: ¡para darle de beber! —añadió Maslobóiev.
—¿Y todo esto es para mí solo?
—Y para Aleksandra Semiónovna. Ha sido ella la que ha deseado prepararlo así.
—¡Ya ha tenido que salir eso! ¡Ya me lo sabía yo! —exclamó Aleksandra Semiónovna, ruborizándose, pero sin perder en absoluto su aire satisfecho—. ¡No puede recibir una como es debido a un invitado, porque en seguida se lo reprochan!
—Desde por la mañana, figúrate, desde por la mañana, en cuanto se ha enterado de que venías esta noche, lleva trajinando; no ha parado…