Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No es cierto: no ha sido desde esta mañana, sino desde ayer por la noche. Anoche, nada más regresar, me dijiste que vendrÃan unos invitados a pasar hoy la velada…
—Eso es que oirÃa usted mal.
—De eso nada, lo oà perfectamente. Jamás miento. ¿Por qué no Ãbamos a recibir invitados? Vivimos sin darnos cuenta de cómo pasa el tiempo y nadie viene a vernos, y, sin embargo, tenemos de todo. Que se entere la gente de que nosotros también sabemos vivir.
—Y que se enteren, sobre todo, de que es usted una magnÃfica anfitriona y administradora —añadió Maslobóiev—. Figúrate, amigo mÃo, que hasta yo he caÃdo. Me ha hecho ponerme una camisa de holanda, gemelos, pantuflas, un batÃn chino, y ella misma me ha peinado y me ha dado pomada en el pelo: bergamota; querÃa perfumarme con crème brûlée, pero por ahà ya no he pasado y me he rebelado, haciendo valer mi autoridad como marido…