Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Eso no es bergamota, sino la mejor pomada francesa, una que venden en tarritos de porcelana pintada —intervino Aleksandra Semiónovna, sonrojándose—. Juzgue usted mismo, Iván Petróvich: no me lleva nunca ni al teatro ni a un baile, sólo me regala vestidos; ¿y qué voy a hacer con tanto vestido? Tendré que ponérmelos y dedicarme a dar vueltas yo sola por la habitación. El otro dÃa, después de mucho suplicarle, nos disponÃamos a ir al teatro; en cuanto me di media vuelta para ponerme un broche, se acercó al armarito, y se bebió una copa tras otra, hasta emborracharse. Asà que tuvimos que quedarnos. No viene nadie a visitarnos, absolutamente nadie; sólo por las mañanas aparecen algunas personas por cuestión de negocios, y a mà me hacen salir. Y, sin embargo, tenemos samovar, juego de té, buenas tazas… tenemos de todo y todo es regalado. Nos traen también comestibles, prácticamente lo único que compramos es el vino y alguna pomada, o los aperitivos que usted ve: el paté, el jamón y los bombones los hemos comprado para usted… ¡Si al menos alguien viera cómo vivimos! Me he pasado todo el año pensando en que llegarÃa el dÃa en que tendrÃamos un invitado, un auténtico invitado, y podrÃamos mostrarle todo esto y agasajarle; asà recibirÃamos halagos de la gente, cosa que resultarÃa muy agradable. Para qué le habré puesto pomada a este bobo si no vale la pena; si por él fuera, irÃa siempre sucio. Mire el batÃn que me lleva; es un regalo, pero ¿usted cree que se merece un batÃn como ése? Él, con empinar el codo, ya tiene suficiente. Ya verá cómo le ofrece vodka antes que té.