Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¿Y qué? Pues es verdad: bebamos, Vania, de la dorada y de la plateada, y luego, con nuevos brÃos, acometeremos las demás bebidas.
—¡Vaya si lo sabÃa yo!
—No se preocupe, Sáshenka[50], también tomaremos té, con coñac, a su salud.
—¡Ya estamos! —exclamó Aleksandra Semiónovna, levantando las manos—. Un té digno de un jan, a seis rublos, que anteayer nos regaló un comerciante, y él pretende tomarlo con coñac. No le haga caso, Iván Petróvich, ahora mismo le sirvo… ¡Ya verá usted qué té!
Y se puso a trajinar con el samovar.
Era evidente que contaban con retenerme allà toda la velada. Aleksandra Semiónovna llevaba un año entero esperando un invitado y ahora se disponÃa a despacharse a gusto conmigo. Pero aquello no entraba en mis cálculos.
—Escucha, Maslobóiev —dije, tomando asiento—; yo no he venido de visita, sino para tratar unos asuntos; tú mismo me habÃas llamado para comunicarme algo…
—Bueno, lo primero es lo primero; ya habrá tiempo luego para una charla amistosa.
—No, amigo mÃo, no te hagas ilusiones. A las ocho y media me despido. A esa hora tengo un compromiso…