Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No te creo capaz de hacernos semejante desaire, a mÃ… y sobre todo a Aleksandra Semiónovna. MÃrala: la has dejado de piedra. ¿Para qué me ha puesto pomada entonces? ¡Si me ha echado bergamota, figúrate!
—Tú todo te lo tomas a broma, Maslobóiev. Yo le juro, Aleksandra Semiónovna, que la semana que viene, el viernes, por ejemplo, vendré a comer con ustedes; pero ahora, hermano, he prometido… o, mejor dicho, necesito ir a un sitio. Lo mejor será que me expliques qué es eso que querÃas comunicarme.
—Pero ¿cómo es posible que se quede usted sólo hasta las ocho y media? —exclamó Aleksandra Semiónovna con voz vacilante y lastimera, casi llorando, mientras me servÃa una taza del excelente té.
—No se apure, Sáshenka; todo eso son bobadas —intervino Maslobóiev—. Se quedará; no lo decÃa en serio. Por cierto, será mejor que me cuentes, Vania, adónde vas continuamente. ¿Se puede saber qué clase de asuntos te traes entre manos? Porque todos los dÃas andas corriendo de acá para allá, y no trabajas…
—¿Para qué quieres saberlo? Si acaso te lo cuento luego. Mejor explÃcame tú: ¿por qué fuiste ayer a verme cuando yo mismo te habÃa dicho que no estarÃa en casa? ¿Recuerdas?