Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Más tarde me acordé, pero en ese momento se me había olvidado. Es cierto que quería hablar contigo de un asunto, pero, ante todo, pretendía contentar a Aleksandra Semiónovna, que me había dicho: «Ahí tienes a uno que resulta ser tu amigo; ¿por qué no le invitas?». Y lleva ya cuatro días, hermano, atosigándome por tu culpa. Claro que, por haberme puesto la bergamota, me perdonarán en el otro mundo cuarenta pecados. Total, que me dije: ¿por qué no pasar una velada agradable con un amigo? Y recurrí a la estratagema de escribirte una nota diciendo que había un asunto de tal gravedad que, si no venías, se hundirían todas nuestras naves.

Yo le rogué que en lo sucesivo no hiciera esas cosas, sino que me hablara con toda franqueza. El caso es que aquella explicación no acababa de convencerme.

—Muy bien, pero esta mañana ¿por qué huiste de mí? —pregunté.

—Esta mañana es verdad que tenía que atender un asunto; no llego a tal grado mintiendo.

—¿Tal vez con el príncipe?

—¿Le gusta nuestro té? —me preguntó Aleksandra Semiónovna con voz melosa.

Llevaba cinco minutos esperando que elogiase su té y no me había dado cuenta.

—¡Excelente, Aleksandra Semiónovna, magnífico! Jamás había probado un té así.


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