Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Aleksandra Semiónovna se puso colorada de satisfacción y se apresuró a servirme más.
—¡El príncipe! —exclamó Maslobóiev—. Ese príncipe, hermano, es un auténtico granuja, un sinvergüenza… ¡Menudo es! Te voy a decir una cosa, escucha: aunque yo también soy un bribón, aunque no fuera más que por pudor, no me gustaría estar en su pellejo. Pero ya basta, sobre esto ¡ni palabra! Es lo único que puedo decirte de él.
—Pues precisamente he venido, entre otras cosas, para preguntarte por él. Pero eso luego. Dime: ¿por qué ayer, en mi ausencia, le diste unos caramelos a Yelena y te pusiste a bailar delante de ella? ¿De qué pudisteis hablar durante hora y media?
—Yelena es una niña pequeña, tendrá once o doce años, que en estos momentos está viviendo en casa de Iván Petróvich —le explicó Maslobóiev a Aleksandra Semiónovna—. Mira, Vania, mira —añadió, señalándola con el dedo—, se ha puesto toda colorada al escuchar que le he llevado caramelos a una muchacha desconocida; se ha sonrojado y se ha puesto a temblar, como si de pronto hubiera oído un disparo… Fíjate: esos ojitos echan chispas como brasas ardientes. Pero ¡si no hay nada que ocultar, Aleksandra Semiónovna, nada! Estás celosa. Si no hubiera aclarado que se trata de una niña de once años, me habría agarrado del pelo. ¡No me habría salvado ni la bergamota!