Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Tampoco ahora te va a salvar!
Dicho lo cual, Aleksandra Semiónovna saltó hacia nosotros desde la mesita de té y, antes de que Maslobóiev tuviera tiempo de protegerse la cabeza, le agarró un mechón de pelo y le dio unos cuantos tirones.
—¡Toma, toma! ¿Cómo te atreves a decir delante de un invitado que yo soy celosa? ¿Cómo te atreves, eh? ¿Cómo te atreves?
Aleksandra Semiónovna llegó a sofocarse y, aunque fuera entre risas, a Maslobóiev le cayó una buena.
—¡Siempre está diciendo cosas para abochornarme! —añadió muy seria, dirigiéndose a mí.
—¡Ya ves, Vania, qué vida la mía! ¡Ésa es la razón por la que me hace tanta falta el vodka! —concluyó Maslobóiev, arreglándose el pelo y corriendo a toda prisa a buscar la botella. Pero Aleksandra Semiónovna se le adelantó: de un salto se plantó en la mesa, se lo sirvió ella misma, se lo ofreció y hasta le acarició cariñosa las mejillas. Maslobóiev, orgulloso, me guiñó un ojo, chasqueó la lengua y apuró solemnemente su copa.