Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Lo de los caramelos es más complicado de explicar —dijo, sentándose a mi lado en el diván—. Anteayer, estando bebido, los compré en una fruterÃa, no sé ni para qué. A lo mejor lo hice para apoyar el comercio y la industria patrios, qué sé yo; lo único que recuerdo es que en ese momento iba borracho por la calle, me caà en el barro, y luego empecé a mesarme los cabellos y a lamentarme de que no valgo para nada. Naturalmente, me olvidé de los caramelos, que se quedaron en mi bolsillo hasta ayer, cuando me senté encima de ellos en tu sofá. En cuanto al baile, también se debió a mi estado de embriaguez: ayer estaba yo bastante bebido, y en esas condiciones me pongo contento y a veces me da por bailar. Eso es todo; tan sólo añadiré que esa huérfana me dio lástima; además, se negaba a hablar conmigo, como si estuviera enfadada. Asà que, para alegrarla, me puse a bailar y le di los caramelos.
—¿Y no estarÃas intentando sobornarla para que te contara alguna cosa? Dime sinceramente: ¿fuiste a propósito a mi casa, sabiendo que yo no estaba, para hablar con ella a solas y sonsacarle algo? Sé que estuviste con ella cerca de hora y media, que le dijiste que habÃas conocido a su madre y que estuviste haciéndole preguntas.
Maslobóiev entornó los ojos y sonrió socarronamente.