Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bueno, no habrÃa sido mala idea —dijo—. Pero no, Vania, no fue asÃ. Desde luego, nunca está de más preguntar si se presenta la ocasión, pero no se trataba de eso. Escucha, viejo amigo, aunque ahora, como de costumbre, esté bastante borracho, has de saber que tu Filipp jamás te va a engañar con mala intención; con mala intención, nunca.
—Muy bien, ¿y sin mala intención?
—Pues… sin mala intención tampoco. Pero ¡al cuerno con todo esto! ¡Bebamos, y al grano! La cuestión es muy sencilla —prosiguió después de beber—. Esa Búbnova no tenÃa ningún derecho a retener a la niña; me he informado de todo. No habÃa habido adopción ni nada parecido. La madre le debÃa dinero y ella se quedó con la niña. Búbnova, por muy pÃcara y malvada que sea, es tan tonta como todas las mujeres. La difunta tenÃa el pasaporte en regla; por tanto, todo es correcto. Yelena puede vivir en tu casa, aunque serÃa preferible que alguna familia respetable la adoptase definitivamente y la educara. Pero, por ahora, que se quede contigo. Eso no importa; ya me encargaré yo de resolverlo todo. Búbnova no se atreverá a mover un dedo. De la difunta madre de la chica apenas he podido averiguar nada concreto. Era la viuda de alguien, se apellidaba Salzmann.
—Eso me ha dicho Nellie.