Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bueno, pues asunto concluido. Ahora, Vania —dijo con cierta solemnidad—, tengo que pedirte algo, y te ruego que accedas. Cuéntame con todo lujo de detalles a qué te dedicas, adónde vas, dónde te pasas los dÃas enteros. Aunque en parte ya estoy al corriente y conozco los pormenores, necesito más datos.
Tanta solemnidad me sorprendió y hasta llegó a inquietarme.
—¿Y eso? ¿Para qué necesitas saberlo? Lo preguntas tan serio…
—Mira, Vania, no le demos más vueltas: quiero hacerte un favor. Ya ves, amigo mÃo, que, si hubiera empleado contigo la astucia, habrÃa sido capaz de tirarte de la lengua sin tanta ceremonia. Pero tú sospechas que me ando con tretas contigo: me he dado cuenta hace un instante, cuando has mencionado lo de los caramelos. Sin embargo, si hablo en tono tan grave, no lo hago por mÃ, sino por ti. Asà que déjate de dudas y dime claramente la verdad, la pura verdad…
—Pero ¿qué favor es ése? Escucha, Maslobóiev, ¿por qué no quieres decirme nada del prÃncipe? Eso es lo que necesito. Me harÃas un gran favor.
—¡Decirte algo del prÃncipe! ¡Hum! Bueno, sea, te lo diré sin más rodeos: precisamente, de quien te estaba preguntado ahora mismo es del prÃncipe.
—¿Cómo?