Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Pues mira: me he dado cuenta, amigo mÃo, de que se ha inmiscuido en cierto modo en tus asuntos; además, me ha hecho preguntas sobre ti. En cuanto a cómo se ha enterado de que somos amigos, eso no es asunto tuyo. Lo único importante es lo siguiente: ándate con cuidado con ese prÃncipe. Es un Judas traicionero, peor incluso. Por eso, al ver que se estaba entrometiendo en tus cosas, me eché a temblar por ti. Pero, por lo demás, yo no sé nada y por eso te pido que me cuentes, para poder juzgar… Ése ha sido el motivo por el que te pedà que vinieras hoy a verme. Ése era el asunto tan importante, te lo digo con franqueza.
—Dime algo por lo menos, aunque no sea más que el motivo por el que debo temer al prÃncipe.
—Muy bien, de acuerdo; yo a veces me dedico a ciertos asuntos, hermano. Como comprenderás, la gente tiene confianza en mà porque no soy un charlatán. ¿Cómo te iba a contar nada? Asà pues, no te ofendas si hablo de una manera general, demasiado general, únicamente para mostrarte qué clase de canalla es. Pero empieza tú primero con lo tuyo.