Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pensé que no había nada en mis asuntos que tuviera que ocultar a Maslobóiev. Lo de Natasha no era ningún secreto; además, me pareció que podía obtener alguna ventaja para ella gracias a Maslobóiev. Naturalmente, eludí, en la medida de lo posible, ciertos puntos en mi relato. Maslobóiev escuchaba con especial atención todo lo referente al príncipe; en muchos pasajes me interrumpía y volvía a preguntar, de modo que le proporcioné bastantes detalles. Mi relato duró media hora.
—¡Hum! ¡Tiene buena cabeza esa muchacha! —comentó Maslobóiev—. Aunque tal vez no haya acertado del todo con respecto al príncipe, ya es bastante que desde el primer momento comprendiera con quién se la estaba jugando y rompiera toda relación con él. ¡Bravo, Natalia Nikoláievna! ¡A su salud! —Y bebió—. No sólo hacía falta cerebro, también hacía falta corazón para no dejarse engañar. Y el corazón no la ha traicionado. Naturalmente, su caso está perdido: el príncipe se saldrá con la suya y Aliosha la dejará. El único que me da lástima es Ijménev, ¡tener que pagarle diez mil rublos a esa sabandija! Pero ¿quién le ha llevado el caso, quién se ha encargado de las gestiones? ¡Seguramente él mismo! ¡Ay, toda esa gente tan fogosa y tan noble! ¡Esa gente no va a ninguna parte! Con el príncipe hay que actuar de otra manera. Yo le habría conseguido un abogado a Ijménev que… ¡ay! —Y, de la rabia, descargó un puñetazo en la mesa.