Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bueno, puede que no fuera Pfefferkuchen, diantres, eso da igual. Lo único que importa es que el príncipe cortejó a la muchacha, con tanto éxito que ésta se enamoró locamente de él. El príncipe se proponía dos cosas a un tiempo: dominar a la hija, en primer lugar, y hacerse con los recibos del dinero que le había prestado el viejo, en segundo lugar. Las llaves de todos los cajones del viejo las tenía la hija. El viejo amaba a su hija con locura, hasta el punto de no querer casarla con nadie. En serio. Estaba celoso de todos sus pretendientes y no admitía la posibilidad de separarse de ella; había despachado a Pfefferkuchen, a un excéntrico inglés…
—¿A un inglés? Pero ¿dónde ocurrió todo esto?