Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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—Hace exactamente noventa y nueve años y tres meses. Bueno, pues allí engatusó a la hija de cierto hombre y se la llevó a París. ¡Fíjate en lo que hizo! El padre era dueño de una fábrica, socio de una empresa o algo por el estilo. No lo sé muy bien. Ten en cuenta que lo que te estoy contando lo he deducido por mi cuenta, basándome en ciertos datos. El caso es que el príncipe embaucó a aquel hombre y se hizo un hueco en su empresa. A base de engaños, le fue sacando los cuartos. Naturalmente, el anciano poseía ciertos documentos que acreditaban la procedencia del dinero. Pero, claro, el príncipe pretendía apropiarse del dinero de tal manera que no tuviese que devolverlo; hablando en plata, se lo quería robar. El viejo tenía una hija, una auténtica belleza, de la que estaba enamorado el hombre ideal, un hermano de Schiller, poeta a la vez que comerciante, un joven soñador; en una palabra: un perfecto alemán, un tal Pfefferkuchen.

—¿Quieres decir que se apellidaba Pfefferkuchen?






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