Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Fíjese, usted lo ha dicho: seguro que se lo tira a la cara; por tanto, le considera un hombre honrado y, por eso mismo, también puede estar completamente seguro de que no le robó su dinero. Entonces, ¿por qué no va a verle y le dice sin más que considera injusta su demanda? Sería un gesto noble, y puede que entonces a Ijménev no le resultara embarazoso aceptar su dinero.
—Hum… su dinero; de eso se trata. ¿No ve en qué situación me pone? Que vaya a verle y que le diga que considero injusta mi demanda… Ya estoy oyendo a todo el mundo diciéndome a la cara: «¿Cómo se te ha ocurrido interponer una demanda sabiendo que era injusta?». Pues eso no me lo merezco, porque mi demanda era legal; yo nunca he declarado, ni de palabra ni por escrito, que el viejo me hubiera robado; pero siempre he estado convencido, y aún lo sigo estando, de su desidia, de su negligencia, de su incapacidad para los negocios. Ese dinero es mío y sólo mío, y me dolería mucho tener que declararme falsamente culpable. Además, le repito que fue el propio Ijménev el que se dio por ofendido, y usted pretende que yo le pida perdón por esa ofensa; eso es muy duro.
—A mí me parece que, si dos personas quieren reconciliarse, entonces…
—¿Cree usted que es tan fácil?
—Sí.