Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No; en ocasiones puede ser muy difÃcil, especialmente…
—Especialmente cuando entran otros factores en juego. En eso estoy de acuerdo con usted, prÃncipe. Tiene usted que resolver la cuestión de Natalia Nikoláievna y de su hijo en todos aquellos aspectos que dependen de usted, y tiene que resolverla de un modo plenamente satisfactorio para los Ijménev. Sólo entonces podrán abordar ustedes la cuestión del proceso con toda franqueza. Pero ahora, cuando todo está por resolver, sólo tiene un camino: debe reconocer que su demanda era injusta; reconocerlo abiertamente y, si fuera preciso, también públicamente. Ésa es mi opinión. Se lo digo claramente, ya que usted me ha pedido mi opinión, y no creo que quiera que le engañe. En vista de lo cual, me atrevo a preguntarle: ¿por qué se toma la molestia de devolverle ese dinero a Ijménev? Si está usted convencido de que le asiste la razón, ¿por qué tiene que dárselo? Disculpe mi curiosidad, pero eso está estrechamente relacionado con otras circunstancias…
—¿Y usted qué piensa? —preguntó de repente, como si no hubiera escuchado mi pregunta—. ¿Está usted convencido de que el viejo Ijménev rechazarÃa los diez mil si le entregara el dinero sin más explicaciones y… y… sin tantos miramientos?
—¡Pues claro que los rechazarÃa!