Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Era tal mi indignación que me puse colorado y empecé a temblar. Aquella pregunta, de un escepticismo tan descarado, me produjo la misma sensación que si el prÃncipe me hubiera escupido a la cara. Mi indignación se vio agravada por la forma grosera, tÃpicamente aristocrática, con la que él, sin contestar a mi pregunta, haciendo como si no la hubiera oÃdo, la interrumpió con otra, dándome tal vez a entender que me habÃa propasado al atreverme a hacerle semejantes preguntas. Detestaba esas tretas aristocráticas, y en el pasado habÃa intentado por todos los medios que Aliosha renunciara a ellas.
—Hum… es usted demasiado impulsivo, y en este mundo hay cosas que no se hacen del modo que usted cree —comentó tranquilamente el prÃncipe al oÃr mi exclamación—. Creo, por otra parte, que la decisión podrÃa depender en parte de Natalia Nikoláievna; hágaselo saber de mi parte. Tal vez podrÃa darnos algún consejo.
—En absoluto —respondà con rudeza—. No ha tenido usted la deferencia de escuchar lo que acabo de decirle, y me ha interrumpido. Si le devuelve el dinero de una forma hipócrita y, como dice usted, sin miramientos, Natalia Nikoláievna entenderá que usted le está pagando a su padre por perder a su hija, y a ella por quedarse sin Aliosha; en una palabra, pensará que les está compensando con dinero…