Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Lo considero mÃo, naturalmente —respondió, un tanto sorprendido por mi falta de tacto—. Por lo que veo, usted no parece conocer el fondo de la cuestión. Yo no acuso al viejo de haberme engañado intencionadamente, y le aseguro que nunca lo he hecho. Fue él quien, libremente, se dio por ofendido. Es culpable de negligencia, de falta de atención en los asuntos que se le habÃan encomendado, y, según nuestro acuerdo previo, deberÃa responder de algunos de sus actos. Pero ha de saber usted que tampoco se trata de eso: todo parte de nuestra disputa, de las ofensas mutuas que nos dirigimos entonces; en una palabra, del amor propio recÃprocamente herido. Posiblemente, ni siquiera le habrÃa dado importancia a esos malditos diez mil rublos; pero ya sabe usted cómo y por qué empezó toda esta historia. He sido desconfiado, de acuerdo; probablemente he sido injusto (o, mejor dicho, lo fui entonces), pero no me di cuenta y, presa del resentimiento, ofendido por sus vejaciones, no quise dejarlo correr e inicié el proceso. Es probable que todo esto no le parezca noble por mi parte. No me estoy justificando, simplemente quiero hacerle ver que la ira y, sobre todo, el pundonor, no implican falta de nobleza, sino que son algo natural, humano. Pero le repito que entonces apenas conocÃa a Ijménev y creà a pies juntillas todos los rumores que circulaban sobre Aliosha y su hija y, por lo tanto, también estaba dispuesto a creer que hubiera robado intencionadamente aquel dinero… Pero dejemos esto a un lado. Lo importante es saber qué debo hacer ahora. Renunciar al dinero, sÃ; pero, si digo al mismo tiempo que considero justa mi demanda, eso significa que se lo estoy regalando. Si a eso le añadimos la delicada situación en que se encuentra Natalia Nikoláievna… Seguro que me tira el dinero a la cara.