Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Le he dado muchas vueltas a eso —aseguró, mirándome fijamente—. Creo que vendrá.
—Sin duda.
—Dios mÃo, no sé cómo acabará todo esto. Óigame, Iván Petróvich. Le escribiré a usted contándoselo todo, le escribiré largas cartas, con mucha frecuencia. Ya estoy empezando a martirizarle. ¿Nos visitará usted a menudo?
—No lo sé, Katerina Fiódorovna: eso depende de las circunstancias. Quizá no vaya nunca.
—¿Por qué?
—Eso dependerá de diversos factores, pero fundamentalmente de mis relaciones con el prÃncipe.
—No es un hombre honrado —dijo Katia categóricamente—. ¿Y si fuera yo a verle a usted, Iván Petróvich? ¿Eso estarÃa bien o mal?
—¿Usted qué cree?
—Yo creo que estarÃa bien. Asà podrÃa tenerle informado… —añadió con una sonrisa—. Lo digo porque, además de respetarle, le aprecio mucho… Y además se puede aprender mucho de usted. Yo le aprecio… No es ninguna vergüenza que le diga esto, ¿verdad?
—¿Por qué iba a serlo? Yo también la aprecio ya como a alguien de mi familia.
—Entonces, ¿quiere ser amigo mÃo?
—¡Oh, sÃ, desde luego! —contesté.