Humillados y ofendidos

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—Pues ellos seguro que habrían dicho que es una vergüenza y que no está nada bien que una jovencita se comporte de esa manera —observó, señalando de nuevo a los contertulios sentados a la mesa de té.

Debo decir que, al parecer, el príncipe nos había dejado solos a propósito, para que pudiéramos hablar a nuestras anchas.

—De sobra sé —añadió Katia— que el príncipe codicia mi dinero. Piensan que no soy más que una niña, y hasta me lo dicen a la cara. Yo no estoy de acuerdo. Ya no soy ninguna niña. ¡Qué personas tan extrañas! Ellos sí que parecen niños; ya ve usted cómo se afanan.

—Katerina Fiódorovna, se me olvidaba preguntarle quiénes son esos Lióvenka y Bórenka, a los que Aliosha visita con tanta frecuencia.

—Unos parientes lejanos míos. Son muy inteligentes y respetables, pero hablan demasiado… Los conozco bien…

Se sonrió.

—¿Es verdad que tiene intención de donarles un millón de rublos?


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