Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No se equivoca —intervine impaciente. Me daba cuenta de que se trataba de una de esas personas que, cuando ven que tienen a alguien en sus garras, aunque sea mÃnimamente, en seguida se lo hacen sentir. Yo estaba en su poder: no podÃa marcharme sin haber escuchado todo lo que tenÃa intención de decirme, y él era plenamente consciente de eso. Su tono habÃa cambiado de repente: cada vez era más descaradamente familiar y jocoso—. No se equivoca, prÃncipe; precisamente, por eso he venido; si no, no estarÃa aquÃ… a estas horas.
Me habrÃa gustado decir: «Si no, por nada del mundo estarÃa aquà en su compañÃa». Pero no lo dije y terminé mi frase de otro modo, no por miedo, sino por culpa de mi maldita debilidad y delicadeza. Pero ¿cómo iba a largarle semejante groserÃa en la cara, por mucho que aquel tipo se la mereciera y yo estuviera deseando soltársela? Creo que el prÃncipe me lo notó en los ojos y me miró con aire burlón mientras terminaba mi frase, como regodeándose de mi pusilanimidad. Era como si me retara con aquella mirada: «¿Qué? ¿No te atreves? ¡Estás como una cabra, hermano!». Eso debió de pensar, porque, cuando acabé mi frase, se echó a reÃr a carcajadas y, con aire protector, me dio una palmadita cariñosa en la rodilla.
«¡Qué risa me das, hermano!», leà en su mirada. «¡Espera un poco!», me dije.