Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Hoy me siento muy animado! —exclamó—. Y, la verdad, no sé por qué. ¡SÃ, sÃ, amigo mÃo, asà es! Precisamente de eso le querÃa hablar. Hay que dejar las cosas claras, llegar a algún acuerdo, y tengo la esperanza de que en esta ocasión me va a entender usted perfectamente. Antes le hablaba de ese dinero y de ese carcamal de padre, de ese chiquillo de sesenta años… ¡Bah! No vale la pena insistir. ¡Sólo era una forma de hablar! Ja, ja, ja. Usted es escritor, tendrÃa que haberlo adivinado. —Yo le miraba perplejo; no me parecÃa que estuviera borracho—. Bueno, en cuanto a esa muchacha, debo decir que la respeto, incluso la aprecio, se lo aseguro; un tanto caprichosa, pero «no hay rosa sin espinas», como decÃan hace cincuenta años, y decÃan bien: las espinas pinchan. Pero eso es lo más atractivo y, aunque mi Alekséi es un botarate, en parte ya le he perdonado… gracias a su buen gusto. En resumen, a mà esas jovencitas me gustan, e incluso tengo —contrajo los labios de un modo muy expresivo— mi propia opinión al respecto… Pero, bueno, luego hablaremos de eso…
—¡PrÃncipe! ¡Escúcheme, prÃncipe! —exclamé—. No entiendo a qué viene este giro tan repentino, pero… ¡haga el favor de cambiar de tema!