Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Le pedirÃa, prÃncipe, que cambiara de tema y se olvidara de nuestras buhardillas.
—Ay, Dios mÃo, ahora va y se me ofende. Y eso que me ha dado usted permiso para que le hablara como un amigo. Le pido disculpas: yo no he hecho nada aún para ganarme su amistad. Este vino no está nada mal. Pruebe. —Me sirvió media copa de su botella—. Mire usted, mi querido Iván Petróvich, me doy perfecta cuenta de que no está muy bien visto eso de ponerse pesado para que otros acepten nuestra amistad. Pero nosotros no somos todos tan zafios y descarados como usted se imagina; bueno, también soy consciente de que, si está usted aquà compartiendo la mesa conmigo, no lo hace porque me tenga simpatÃa, sino porque le he prometido que Ãbamos a tener una charla. ¿No es cierto? —Se echó a reÃr—. Y, dado que defiende los intereses de cierta persona, deseará usted escuchar lo que le tengo que decir. ¿Verdad? —añadió, con una sonrisa siniestra.