Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Muy bien. En mi opinión, esos escrúpulos le perjudican. Le perjudican a usted y a todos los que son como usted. Usted es escritor, deberÃa conocer el mundo, pero se mantiene al margen de todo. No me refiero ahora a la ortega, sino al hecho de que está usted dispuesto a rechazar todo contacto con nuestro cÃrculo, y eso le perjudica claramente. Aparte de lo mucho que se pierde usted… en definitiva, renuncia usted a hacer carrera… aparte de eso, aunque sólo fuera porque deberÃa conocer aquello de lo que escribe, y en las novelas aparecen condes y prÃncipes y tocadores… Pero ¡qué digo! Si ahora a ustedes lo que les preocupa son los pobretones, los capotes perdidos, los inspectores, los oficiales pendencieros, los funcionarios, los viejos tiempos, el modo de vida de los cismáticos… ya lo sé, ya lo sé.
—Está usted equivocado, prÃncipe; si no me interesa ingresar en lo que ustedes llaman las «altas esferas», eso obedece, en primer lugar, a que me resulta aburrido, y, en segundo lugar, a que no tengo nada que hacer ahÃ. Aunque, después de todo, en ocasiones sà que…
—SÃ, ya sé: una vez al año, en casa del prÃncipe R.; ya le he visto a usted por allÃ. Pero el resto del año se encierran ustedes en su soberbia democrática y languidecen en sus buhardillas. Aunque no todos actúan igual. También están los que buscan aventuras, y algunos de ésos me ponen enfermo…