Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos O sea, que yo pago por ti: estoy convencido de que añadió eso con toda la intención del mundo. Accedà a que me llevara hasta allÃ, pero decidà pagar lo mÃo en el restaurante. Una vez allÃ, el prÃncipe pidió un reservado y escogió dos o tres platos, con buen gusto y conocimiento. Se trataba de platos caros, igual que la botella del delicado vino de mesa que mandó traer. Nada de aquello estaba al alcance de mi bolsillo. Examiné la carta y me pedà media ortega y una copa de Lafitte. El prÃncipe se sublevó.
—¡Usted se niega a cenar conmigo! Es ridÃculo. Pardon, mon ami, pero eso son… unos escrúpulos incalificables. No es más que vanidad de la peor especie. Ahà entran también, probablemente, sentimientos clasistas, me apostarÃa lo que fuera a que se trata de eso. Me ofende usted, se lo aseguro.
Pero yo no quise dar mi brazo a torcer.
—Allá usted, como quiera —concluyó—. No insisto… DÃgame, Iván Petróvich, ¿puedo hablarle como un amigo?
—Se lo ruego.