Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Ja, ja, ja! ¡No le falta a usted razón! ¡Una comparación deliciosa! ¡Ja, ja, ja! No sabe cómo me divierto, amigo mío; estoy encantado, estoy feliz. Y usted, poeta, tendría que mostrarse más indulgente conmigo. Pero mejor bebamos —concluyó, rellenando su copa, perfectamente satisfecho consigo mismo—. Déjeme que le diga una cosa, amigo mío: ¿recuerda aquella estúpida velada en casa de Natasha? Casi acaba conmigo. Reconozco que ella estaba encantadora, pero yo salí de ahí muy disgustado, y no pienso olvidarme de ese asunto. Y tampoco lo voy a pasar por alto. Naturalmente, pronto nos tocará a nosotros: de hecho, ese momento cada vez está más próximo. Pero dejemos eso por ahora. Quería comentarle, entre otras cosas, que hay una faceta de mi personalidad que usted desconocía hasta ahora: se trata de mi odio a todas esas vulgares puerilidades, a todo ese bucolismo estéril, y una de mis mayores debilidades ha consistido siempre en fingir de entrada que comulgo con ese espíritu, adoptando ese tono, confortando y alentando a alguno de esos discípulos de Schiller, perpetuamente jóvenes, hasta que, de repente, le dejo desconcertado; de buenas a primeras me quito la máscara y transformo mi gesto extasiado en una mueca, sacándole la lengua por sorpresa, justo cuando menos se lo espera. ¿Qué me dice? Me imagino que usted no lo comprenderá, que le parecerá abyecto, disparatado, innoble, ¿no es así?
—Naturalmente.