Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —No se enfade conmigo, amigo mÃo. ¿Cuál ha sido la causa de su irritación? Cuestión de forma, únicamente. ¿A que sÃ? Usted, en el fondo, no se esperaba otra cosa de mÃ; le hubiera hablado como le hubiera hablado, con exquisita cortesÃa o como le estoy hablando ahora, el sentido de mis palabras no habrÃa variado un ápice. Usted me desprecia, ¿verdad? Ya ve usted cuánta candidez hay en mÃ, cuánta franqueza y bonhomie. Lo admito todo, hasta mis caprichos infantiles. SÃ, mon cher, un poco más de bonhomie de su parte y podrÃamos llevarnos bien, llegarÃamos a un acuerdo completo y acabarÃamos por entendernos. No sé de qué se asombra: no sabe usted hasta qué punto me ha hartado toda esa inocencia, todo ese bucolismo de Aliosha, todo ese dramatismo schilleriano, toda esa elevación en su maldita relación con Natasha (una preciosidad, por cierto). De manera que estoy encantado de disfrutar de la oportunidad de reÃrme de todo eso. Y ahora se me presenta esa oportunidad. Aparte de eso, estoy deseando abrirle a usted mi corazón. ¡Ja, ja, ja!
—Me deja usted de piedra, prÃncipe; no le reconozco. Se está poniendo usted a la altura de Polichinela; tantas confidencias imprevistas…