Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Muy bien, mi joven amigo —empezó, mirándome muy serio—, asà no podemos seguir, más valdrá que intentemos llegar a un acuerdo. Ya ve, lo único que pretendÃa era expresarle claramente mi opinión, y contaba con que usted tendrÃa la gentileza de escucharme, dijera lo que dijera. Tengo el propósito de hablar como me apetezca, de la manera que a mà más me guste. En este caso, además, resulta imprescindible. Entonces, buen amigo, ¿va usted a ser paciente?
Yo me dominé y guardé silencio, a pesar de que me estaba dirigiendo una mirada tan mordaz, tan burlona, que parecÃa una invitación a protestar airadamente. Pero ya se habÃa dado cuenta de que yo habÃa accedido a quedarme, y prosiguió: