Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Amigo mÃo —empezó de nuevo, con evidente regocijo—, acabo de hacerle una confidencia, acaso extemporánea: le he dicho que, en determinadas circunstancias, siento un deseo irresistible de sacarle la lengua a la gente. Por esa ingenua e inocente confesión me ha comparado usted con Polichinela, algo que, sinceramente, me divierte. Pero, si le llama la atención y le parece censurable que haya adoptado con usted un tono grosero e incluso indecoroso, más propio de un aldeano, si cree, en definitiva, que he cambiado abruptamente de tono con usted, debo decir, en ese caso, que es usted injusto conmigo. En primer lugar, ese tono me va; en segundo lugar, no estoy en casa, sino aquÃ, en su compañÃa… me refiero a que nos estamos divirtiendo, como buenos amigos… En tercer lugar, yo soy tremendamente caprichoso. ¿SabÃa usted que en cierta ocasión tuve incluso el capricho de ser metafÃsico y filántropo, y coqueteé con las mismas ideas que usted? Aunque eso fue hace ya mucho tiempo, en los dorados dÃas de la juventud. Recuerdo que acababa de llegar a la aldea, cargado de proyectos humanitarios, y, naturalmente, a punto estuve de morir allà de aburrimiento. Y no se va a creer usted lo que me ocurrió entonces. En mi aburrimiento, empecé a tratar a algunas bellas jovencitas… ¿Ya empieza usted a ponerme mala cara? ¡Ay, mi joven amigo! Pero si no es más que una charla informal. ¡De vez en cuando hay que divertirse, hay que dejarse llevar! Yo tengo un temperamento ruso, tÃpicamente ruso, soy un patriota, y me gusta dar rienda suelta a mis impulsos. Además, hay que atrapar el momento y disfrutar de la vida. Total, ya me llegará la hora. Bueno, el caso es que me dio por ir detrás de las mujeres. Recuerdo que una de aquellas pastorcillas estaba casada con un joven campesino, muy buen mozo. Hice que lo azotaran, y decidà mandarlo de soldado (¡pecadillos de juventud, señor poeta!), aunque al final no se alistó. Murió en el hospital… TenÃamos un hospital en la aldea, con doce camas, magnÃficamente dotado: todo muy limpio, con suelos de parquet… El caso es que hace ya mucho que lo mandé cerrar, pero en aquellos tiempos estaba muy orgulloso de él; yo era un filántropo; en cuanto a aquel aldeano, puede decirse que lo maté a palos por culpa de su mujer… Vaya, ya está otra vez torciendo el gesto. ¿Le repugna escuchar estas cosas? ¿Atenta contra sus nobles sentimientos? ¡Bueno, bueno, cálmese usted! Todo eso forma parte del pasado. Esas cosas las hice cuando tenÃa inclinaciones románticas, cuando querÃa ser un benefactor del género humano, fundar una sociedad filantrópica… Ése era entonces mi camino. Y en esa época recurrÃa a los azotes. Ya no lo hago; ahora la gente tuerce el gesto, todos torcemos el gesto… es el signo de los tiempos… Aunque el que más gracia me hace es ese idiota de Ijménev. Estoy seguro de que él se enteró de ese episodio con el campesino… ¿y qué dirÃa usted que hizo? Como hay tanta bondad en su alma, que debe de estar hecha de almÃbar, y, como por entonces estaba prendado de mà y no se cansaba de ponerme por las nubes, decidió no creer una palabra y cerró los ojos a la evidencia, y durante doce años me estuvo defendiendo a todo trance, hasta que le tocó pagar a él. ¡Ja, ja, ja! Pero ¡todo esto son sandeces! Bebamos, mi joven amigo. DÃgame una cosa: ¿a usted le gustan las mujeres?