Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bueno, ese tipo estaba loco, pero usted…
—¿Yo estoy cuerdo?
—SÃ.
El prÃncipe se echó a reÃr a carcajadas.
—Tiene usted mucha razón, querido amigo —añadió, con una expresión de infinita insolencia en su cara.
—PrÃncipe —dije, exasperado por su desvergüenza—, usted nos odia, y a mà el primero, y en mà se está vengando de todo y de todos. Todo esto obedece a su mezquina vanidad. Es usted un malvado, y un malvado de poca monta. Le hemos sacado de sus casillas; me parece que está usted especialmente enfadado por lo que pasó la otra noche. Sin duda, no se le podÃa haber ocurrido mejor forma de desquitarse conmigo que con esta muestra absoluta de desprecio: usted prescinde hasta de las más elementales y comunes normas de respeto a las que todos nos debemos. Pretende hacerme ver a las claras que usted no considera siquiera que tenga que avergonzarse ante mà al arrancarse de esa manera tan repentina y tan descarada su repugnante máscara, exhibiéndose de un modo tan cÃnico…
—¿Por qué me dice todo eso? —me preguntó, mirándome de una manera grosera y maliciosa—. ¿Para demostrarse lo perspicaz que es usted?
—Para demostrarle que le entiendo y dejárselo claro.