Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Hum… ya le he dicho que más tarde lo sabrá. No se preocupe; de todos modos, aunque no hubiera ninguna razón especial, usted es poeta y siempre sabrá comprenderme, ya hemos hablado antes de eso. Hay un placer muy peculiar en el acto de arrancarse la máscara de forma repentina, en ese cinismo con el que un hombre, de buenas a primeras, se exhibe delante de otro, y lo hace de tal manera que ni siquiera es digno de producir vergüenza. Le contaré una anécdota: habÃa en ParÃs un funcionario que estaba mal de la cabeza; más tarde acabó en un manicomio, cuando por fin se dieron cuenta de que estaba loco. El caso es que, cuando perdió la cabeza, su mayor diversión consistÃa en quedarse completamente desnudo, como Adán, únicamente con los zapatos puestos; después se echaba por encima una capa muy amplia que le llegaba hasta los pies, y asÃ, envuelto en esa capa, salÃa a la calle con un aspecto grave y majestuoso. Claro, a primera vista parecÃa un hombre corriente, paseándose tan contento con aquella capa. Pero, cuando se encontraba con alguien a solas, en un lugar apartado, se acercaba en silencio a ese individuo y, con aire completamente serio y circunspecto, se detenÃa delante de él, se abrÃa la capa y se mostraba en toda su… pureza. Aquello duraba un minuto, tras lo cual volvÃa a cubrirse y, sin alterársele un solo músculo de la cara, pasaba en silencio al lado del espectador, que se habÃa quedado mudo de asombro, grave y ligero como el espectro de Hamlet. Asà procedÃa con todo el mundo, con varones, mujeres y niños, y ése era su único placer. Pues mire: al menos una fracción de ese placer se puede experimentar aturullando a uno de esos schillerianos y sacándole la lengua cuando menos se lo espera. «Aturullando», menuda palabreja. La he leÃdo por ahÃ, en alguna de esas obras modernas.