Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Habla usted por hablar —dije, mirándole con desprecio.
—Que hablo por hablar, ¡ja, ja, ja! ¿Quiere que le diga en qué está pensando ahora? Se está preguntando para qué le he traÃdo a este sitio y por qué me ha dado de pronto, sin venir a cuento, por sincerarme con usted. ¿A que sÃ?
—SÃ.
—Bueno, pues después se lo diré.
—¿Y no será, sencillamente, que se ha bebido usted dos botellas y está… un tanto achispado?
—Querrá decir borracho. PodrÃa ser. «¡Achispado!» Resulta más suave que «borracho». Pero ¡qué delicado es usted! Vaya… ya estamos discutiendo otra vez, ahora que habÃamos tocado un tema tan interesante. SÃ, poeta, si hay algo dulce y hermoso en este mundo, son las mujeres.
—¿Sabe, prÃncipe? No acabo de entender cómo se le ha ocurrido escogerme a mÃ, precisamente a mÃ, como confidente de sus secretos y sus… inclinaciones amorosas.