Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Quelle idée, mon cher —continuó, volviendo de pronto al tono desenfadado y locuaz de antes—. Lo único que ha conseguido usted es apartarme del tema. Buvons, mon ami, permita que le llene la copa. Yo sólo querÃa contarle una historia deliciosa y extraordinariamente amena. A grandes rasgos. En cierta ocasión conocà yo a una dama; no estaba en su primera juventud, tendrÃa ya veintisiete o veintiocho años, y era una auténtica belleza: ¡qué busto, qué porte, qué andares! TenÃa una mirada penetrante, como la de un águila, pero siempre estricta y severa; era una mujer majestuosa e inaccesible. TenÃa fama de ser frÃa como el más crudo invierno, y a todo el mundo le asustaba su virtud intachable y amenazante. Amenazante, eso es. No habÃa en todo su cÃrculo un juez más riguroso que ella. No sólo condenaba el vicio en las otras mujeres, sino también la más pequeña debilidad, y la condenaba irremisiblemente, sin posible apelación. Gozaba de un enorme prestigio en su entorno. Las ancianas que más presumÃan de su virtud, las más temibles, la respetaban y hasta la adulaban. Ella miraba a todo el mundo con idéntica severidad, como la abadesa de un convento medieval. Las jóvenes temblaban ante sus miradas y sus juicios. Un solo comentario suyo, una observación, podÃa dar al traste con cualquier reputación; tal era su peso en la sociedad. Hasta los hombres la temÃan. Finalmente, se volcó en una especie de misticismo contemplativo, no menos sereno e imponente… Pues bien, no habÃa libertina más depravada que esa mujer. Yo tuve la suerte de ganarme plenamente su confianza: en una palabra, yo fui su amante secreto y misterioso. Arreglábamos nuestras citas con tanta destreza, con tanta maestrÃa, que ninguno de sus criados llegó a sospechar nunca nada; únicamente una de sus doncellas, una francesa preciosa, habÃa sido iniciada en sus secretos, pero de esa muchacha podÃamos fiarnos por completo: también ella tomaba parte en el juego. ¿De qué modo? Ahora no viene al caso. La voluptuosidad de mi dama llegaba a tal extremo que podrÃa haberle dado lecciones al mismÃsimo marqués de Sade. Pero lo más llamativo, lo más intenso y estremecedor de su sensualidad, era la hipocresÃa y desvergüenza con que perpetraba sus engaños. La condesa se burlaba de todo lo que predicaba en público, de todo lo que, según ella, era elevado, inaccesible e intocable; se reÃa satánicamente de las cosas más sagradas y pisoteaba a sabiendas lo que nadie se atreverÃa a pisotear. Y hacÃa todo eso sin reservas, sin miramientos, de una manera tan extrema que ni la imaginación más calenturienta podrÃa siquiera concebirlo. Pues ése era, por encima de todos los demás, el rasgo más llamativo de su sensualidad. SÃ, se trataba del diablo encarnado, pero su encanto no tenÃa igual. No puedo recordarla sin sentirme extasiado. En mitad de los más intensos placeres, de pronto se echaba a reÃr como una posesa, y yo entendÃa aquella risa, la entendÃa perfectamente, y también yo estallaba en una carcajada… Aún suspiro al recordarlo, a pesar del tiempo transcurrido. En el curso de un año, esa mujer me cambió por completo. Si yo hubiera querido, podrÃa haberle hecho mucho daño. Pero ¿quién me habrÃa creÃdo? ¡Una persona como ella! ¿Qué tiene usted que decir, joven amigo?