Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Cuánta bajeza! —respondÃ, después de haber escuchado su confesión con repugnancia.
—No serÃa usted quien es si hubiera respondido de otro modo. SabÃa que iba a decir eso. ¡Ja, ja, ja! Espere un poco, mon ami, viva usted más y acabará por comprenderlo. Pero todavÃa está demasiado verde. No, usted no es ningún poeta, por lo que veo: esa mujer entendÃa la vida y sabÃa sacarle partido.
—Pero ¿qué necesidad habÃa de llegar a esos extremos de bestialidad?
—¿A qué bestialidad se refiere?
—A la de esa mujer, y a la de usted con ella.
—Ah, a eso lo llama usted bestialidad; señal de que aún está aprendiendo a dar sus primeros pasos. Admito, desde luego, que la independencia puede manifestarse de muy distintas formas, pero… Seamos más claros, mon ami… Estará usted de acuerdo conmigo en que todo esto no son más que tonterÃas.
—¿Qué es lo que son tonterÃas?