Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Lo que no es ninguna tontería es la personalidad: la mía, en concreto. Todo existe para mí, el mundo entero ha sido creado para mí. Escuche, amigo mío, yo sigo convencido de que todavía se puede vivir bien en este mundo. Y ésa es la mejor fe, porque sin ella no se puede vivir, ni siquiera de mala manera: lo único que nos queda en ese caso es recurrir al veneno. Por lo visto, eso fue lo que hizo algún imbécil. Tanto filosofó que acabó con todo, con todo, incluso con la legitimidad de todos los deberes normales y naturales del hombre, y al final no le quedó nada; el balance, en definitiva, equivalía a cero, así que proclamó que lo mejor que había en la vida era el ácido prúsico. Dirá usted: eso es Hamlet, es la desesperación más terrible, algo tan grandioso que jamás habríamos soñado. Pero usted es poeta, y yo no soy más que un simple mortal: por eso le digo que hay que considerar este asunto desde un punto de vista eminentemente práctico y sencillo. Yo, por ejemplo, hace ya tiempo que me he liberado de toda suerte de ataduras y obligaciones. Sólo me considero obligado a hacer algo cuando eso me reporta algún beneficio. Usted, naturalmente, es incapaz de ver así las cosas; está atado de pies y manos y tiene el gusto estragado. Añora el ideal y la virtud. Muy bien, querido amigo, estoy dispuesto a admitir cualquier cosa que me diga, pero ¿qué le voy a hacer si estoy convencido de que el más profundo egoísmo subyace a todas las virtudes humanas? Y, cuanto más virtuosa parece una empresa, más egoísmo encierra. Ámate a ti mismo: ésa es la única regla que acato. La vida es una transacción comercial: no conviene tirar el dinero, pero hay que pagar cuando uno queda satisfecho; ésa es la única obligación que tenemos con el vecino. Ésa es mi moral, por si quiere saberlo, aunque le confieso que, en mi opinión, es preferible no pagar al vecino, e ingeniárnoslas para que nos sirva de balde. No tengo ideales ni quiero tenerlos; nunca los he echado de menos. Uno puede llevar una vida estupenda, una vida maravillosa, sin necesidad de ideales… y, en somme, estoy encantado de poder prescindir del ácido prúsico. En cambio, de haber sido más virtuoso, puede que lo hubiera necesitado, como aquel estúpido filósofo (seguro que era alemán). ¡No! Hay muchas cosas buenas en la vida. Me gusta ser alguien en esta sociedad, me gustan los rangos, una buena mansión, apostar fuerte a las cartas (adoro las cartas). Pero, sobre todo, me gustan las mujeres… las mujeres en todos los sentidos; me gustan los vicios secretos y oscuros, un tanto extraños y originales, algo sucios incluso, para evitar la monotonía… ¡Ja, ja, ja! ¡Hay que ver con qué cara de desprecio me está mirando!